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jueves, 7 de julio de 2011

El lado oscuro del crecimiento.
Jorge Oviedo. 
LA NACIÓN.
Lunes 04 de julio de 2011 |
La economía argentina ofrece una situación absolutamente paradójica. 
Pese a que acumula un proceso de crecimiento casi ininterrumpido que probablemente marque un récord histórico, mantiene altos niveles de pobreza e indigencia.
Aunque en el pasado la pobreza y la indigencia estuvieron mayoritariamente ligadas a la falta de empleo, desde la segunda mitad de la última década del siglo XX apareció un fenómeno nuevo, que no se ha modificado. 
Es el de los ocupados pobres.
Hay, muy probablemente, un problema económico ligado a otro educativo. 
La Argentina es una economía rezagada y de desarrollo fallido, pero comparte algunas problemáticas con países con mayor grado de desarrollo. 
Y es la falta de empleo decente para personas escasamente capacitadas.
No es un problema de modelo. 
La misma situación se dio en los años 90 con menemismo y convertibilidad, y sucede ahora. 
Aunque se creen empleos de calidad, hay gran cantidad de gente que no es "empleable" en los términos que el mercado laboral requiere.
Por cuestiones demográficas, la situación tiende a empeorar y nadie ha mostrado tener un plan para cambiar la tendencia. 
La Argentina tiene un crecimiento poblacional bajo para ser un país subdesarrollado, pero eso es sólo si se miran las tasas promedio nacionales.
Los distritos más ricos parecen porciones de Europa. 
Mayoría de universitarios, población envejecida, mucha gente viviendo sola y crecimiento vegetativo negativo. 
Las familias de hoy tienen menos hijos que los que tuvieron sus padres o, directamente, no los tienen.
Por el contrario, en los distritos más pobres del conurbano, el crecimiento poblacional es de niveles centroamericanos. 
La maternidad adolescente; las mujeres con más de tres hijos a temprana edad son un enorme problema.Para esos chicos, que difícilmente se eduquen y capaciten, no habrá trabajo decente. 
Serán pobres o, peor, indigentes, aunque tengan una ocupación. Y eso en el mejor de los casos. 
Las otras alternativas son la permanente dependencia de subsidios estatales, la delincuencia o una combinación de todas las desgracias.
En la Argentina, hasta principios de los 90 alcanzaba con reducir la inflación y mejorar el empleo para mejorar notablemente la situación social. Hoy es insuficiente. Para colmo, hay inflación alta y el Gobierno no la combate; más bien, la estimula. Pero igual no hay que engañarse con que con sólo un menor índice de precios al consumidor habría un cambio en esta preocupante tendencia.
Los números son tan serios que hacen ver que, aunque se tomara el camino más acertado para cambiar las cosas, la mejoría demoraría años. 
Uno de cada veinte argentinos se va a dormir con hambre. 
Eso es lo que quiere decir la indigencia: que los ingresos que se obtienen son insuficientes para tan siquiera comprar los alimentos que permitirían obtener la calorías necesarias para realizar una actividad física moderada.  
Futuro preocupante 
Futuro preocupante.

Y hay que ser sinceros: los números son peores. 
Porque los pobres y poco capacitados, cuando consiguen una ocupación, difícilmente sea de las que requieren actividad física moderada. 
Y la línea de indigencia o el nivel de ingresos considerado no incluye siquiera el costo de cocinar esos alimentos. 
Es, desde un punto de vista estrictamente técnico, gente con hambre.
Aunque las políticas sean las mejores y se ejecuten impecablemente, para muchos será tarde. Vivirán del subsidio estatal hasta el fin de sus días porque tal vez nunca se los pueda transformar en empleables. Los datos, además, evidencian que, si bien es sumamente difícil mejorar la situación, es increíblemente sencillo empeorarla. Los estancamientos en las mejoras de los indicadores se ven a partir de 2007, cuando se acelera la inflación y aparece el uso de reservas para solventar el gasto público.
También quedan a la vista los enormes límites para actualizar las tarifas de los servicios públicos y reducir los subsidios, lo que empujaría más a la pobreza a quienes están en mala situación.
Las dimensiones políticas son también preocupantes. ¿Tienen futuro la democracia y las libertades si los educados, capaces, empleables, que pagan impuestos, son cada vez menos mientras las masas de desesperados crecen sostenidamente?

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